Cipriano Gómez Lara*

Facultad de Derecho

Transcurría el año de 1983, me había matriculado en el grupo donde se cursaba la materia teoría general del proceso, a cargo del maestro Cipriano Gómez Lara. Lo conocí por su libro que lleva el nombre de esta asignatura; el texto era de mis hermanos mayores, estudiantes de los últimos años de la carrera, a quienes había pedido referencias y me habían dado las mejores.

Días antes de iniciar las clases, me reuní en casa con algunas compañeras para adelantar algo del curso. Vivíamos la emoción por nuestro próximo primer contacto con lo jurídico-procesal y con el maestro. Glosamos literalmente el capítulo I, titulado “El litigio”. Nuestras notas marginales aludían al concepto de sinergia dado por el profesor senior —cuyos apuntes de sociología estaban en casa, no sé por qué—y a la definición de litigio que habíamos conocido en el derecho romano. Comparábamos el libro con lo poco que conocíamos sobre el tema.

Llegó el día y conocí al maestro Gómez Lara. La expectativa inicial quedó sobradamente satisfecha y desde entonces nació en mí una admiración por el maestro que después de 20 años sigue renovándose.

Para recibir estas evocaciones, me he fiado de la memoria, siempre esquiva, a veces ingrata o cansina; pero como decía un antiguo profe- sor de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, don Enrique Martínez del Sobral: “Hay recuerdos que con el tiempo no se apagan; por el contrario, crecen en su luminosidad y alumbran cada día más, allí donde está oscuro”. Esto es lo que me ha sucedido con las magistrales cátedras de don Cipriano, escuchadas en las asignaturas: teoría general del proceso, derecho procesal civil, y clínica forense de derecho privado, en el pregrado; y sistemática de derecho privado en el posgrado.

En la primera clase, el doctor Gómez Lara describía su esquema didáctico que desarrollaba a lo largo del curso. Concordaba con Cappelletti sobre la triste situación de la enseñanza verbalista, memorista y cuasimedieval del derecho en muchos países. Nos hablaba del estudiante como de un caballero armado que debía vencer dragones y monstruos (los exámenes tradicionales) para hallar a su dama (el conocimiento). Me sentía identificado; yo también enfrentaba a estas legendarias criaturas cuando me sometía al cumplimiento de tales requisitos académicos.

A través de Scialoja, traído a colación por el maestro Gómez Lara, me emocionaba la finalidad del curso: el profesor debía buscar con sus alumnos “un sublime contagio intelectual”. Don Cipriano ha logrado tal contagio, que a lo largo de 47 años ha formado discípulos y no meros ex alumnos.

El maestro llamaba compañeros a sus estudiantes. No nos trataba como enemigos o seres lejanos. Estábamos en el mismo camino, desde luego en distintas posiciones y lugares; pero con su actitud me sentía menos solo en el laberinto de materias de la licenciatura en derecho.

En su clase, se llevaba un doble registro: la lista tradicional y una tarjeta con el nombre, domicilio y teléfono. En una universidad masificada me sentía individualizado. Entonces —para mi alegría— pasé a ser del número de cuenta 8022498-7 a Alberto Saíd. Era importante mi asistencia, el maestro la valoraba y la premiaba. Al final del curso, junto con otros diligentes compañeros, recibí una misiva del doctor Gómez Lara. Una reliquia para mí:

Muy estimado compañero:

En el curso de la materia teoría general del proceso que tuve la oportunidad de dictar en el semestre que hoy termina, aprecié la actitud de usted respecto de su puntualidad y constancia al no haber faltado a ninguna de las clases impartidas, y al haber también llegado puntual a todas y cada una de ellas.

Me es reconfortante reconocer abiertamente a través de esta carta lo positivo de su actitud y su conducta, ya que los alumnos como usted con su respuesta, justifican la presencia mía en la Universidad, y me permiten verificar que conjuntamente hemos realizado un esfuerzo constante y dedicado en el desarrollo del curso.

Al felicitarlo deseo exhortarle a que continúe durante su vida académica y profesional con la misma constancia y dedicación. En la vida se logran las más grandes satisfacciones a través de muy prolongados y a veces fatigosos esfuerzos, pero sólo así creo que podemos aspirar a construir un país, un mundo y un universo mejores.

Al comenzar su cátedra, el doctor Gómez Lara efectuaba las verificaciones de asistencia y leía la nota de la clase anterior, la cual se componía tanto por lo estudiado en ésta, como por el texto del capítulo correspondiente de nuestro libro de texto. Después, los compañeros debían formular críticas y comentarios. La siguiente actividad era un ejercicio de dialéctica y un estimulante diálogo intelectual con el doctor Cipriano. En esos coloquios aprendí el significado de muchas palabras, conceptos y principios.

En la asignatura derecho procesal civil había un momento en cada clase dedicado al estudio del articulado del Código Civil. Allí aprendí, por orientación del maestro, que podía desentrañar el significado de muchos términos en el Diccionario de derecho procesal civil de don Eduardo Pallares, y conocer más concordancias —que las vistas en cátedra— en el código anotado por el maestro Obregón Heredia. Años después, el maestro Gómez Lara coordinó y elaboró un sinnúmero de voces de un diccionario procesal, en el que también participé respondiendo a su generosa invitación.

Al final de la sesión, comenzaba la cátedra magistral del doctor Gómez Lara. Gracias a ella, conocí a todo un elenco de juristas del pasado y el presente en una magnífica y estructurada composición. En la lista figuraban: Alcalá-Zamora —muy acusadamente, pues el maestro Gómez Lara ha sido un gran difusor de su obra—, Carnelutti, Calamandrei, Chiovenda, Briseño Sierra, Alsina, Couture, Lampué, Maldonado, Bentham, Moreno Cora... Durante la exposición ocurría la famosa inoculación: refería las teorías de los procesalistas con profunda viveza para atrapar el interés de los alumnos.

En sus cátedras, el maestro Gómez Lara ha construido verdaderos edificios intelectuales para sus alumnos, incluso a veces ha atemperado su erudición en aras de la sencillez pedagógica, herencia de sus padres y su tía, la doctora Paula Gómez Alonso, maestros ellos también.

Una forma de reconocer a sus discípulos es por la correcta pronunciación del nombre de algunos grandes que cita don Cipriano en sus clases, como Chiovenda (el italiano es el idioma que mejor habla el maestro), Wach (la lengua germana la tomó del aire, al decir de su difunta suegra, la señora Grimm de Fröde), Bentham (el inglés es una lengua que ha practicado el doctor por muchos años) o Montesquieu (a pesar de que el maestro confiesa que el francés no es un idioma que se le haya dado con facilidad).

En la clase de derecho procesal civil nos invitó a salir a la calle para romper el cerco de los libros, siguiendo la conseja de Carnelutti. Los alumnos en brigada recorrimos tribunales, registros públicos y nota- rías. En la visita a la notaría del maestro Jorge Sánchez Cordero, padre, conocí los antiguos métodos de reproducción e impresión de gelatina morada, hoy prácticamente en desuso, y las también añejas y enormes máquinas para escribir en los grandes protocolos. De ambas técnicas ya nos había hablado el doctor Gómez Lara. El maestro Cipriano Gómez Lara intenta con su alumnado presentar una visión integral de lo jurídico-procesal. Esta concepción tan suya está plasmada en su tesis doctoral Sistemática procesal, donde se explica la existencia de tres planos: conceptual, normativo y fáctico. En un afán ilustrador, el maestro recurre a la siguiente metáfora: el mundo conceptual es el cielo de los conceptos; el normativo, el purgatorio de las normas (pues si las ánimas esperan su redención, aquéllas aguardan su aplicación), y el plano fáctico, que no es otra cosa que el infierno de los hechos y actos jurídico-procesales.

En fin, han pasado dos décadas y hoy, el maestro se mantiene actualizado como siempre: pide a sus alumnos que en sus tarjetas anoten su dirección electrónica, pues no admite analfabetos informáticos. Otra innovación que no viví es la formulación con sus estudiantes de inmensos y completos cuestionarios para preparar exámenes. Y sigue formando adjuntos, alumnos y discípulos.

Saludo al doctor Gómez Lara por sus ayeres y su activísimo presente, y por su muy merecida designación como profesor emérito de nuestra entrañable facultad.

Alberto Saíd


Referencia
*Semblanza tomada del libro 450 años de la Facultad de Derecho, México, D.F. Facultad de Derecho, UNAM, 2004, p.p. 226-227.

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