Octavio Rodríguez Araujo

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Creo que fue en 1972, más o menos. Yo me había incorporado al Centro de Investigaciones en Administración Pública (CIAP), sito entonces en el re- poso de los atletas; es decir, en los amplios cubículos que durante la Olimpiada de 1968 sirvieron a los deportistas antes y después de ingresar a las competencias.

Uno de esos espacios era enorme, un galerón en cuyo fondo trabajaba una persona en forma muy concentrada. Ocasionalmente levantaba la cabeza para mirarme, creo que como a un intruso que había invadido el sacrosanto locus de sus quehaceres y sus meditaciones. Se trataba, ni más ni menos, de Octavio Rodríguez Araujo, una celebridad académica cuya bien ganada fama de persona respetable se remontaba a sus años estudiantiles. Tan acreditada personalidad, dueño de tan amplio espacio, sintió mi presencia como una invasión indebida a su espacio vital. Pero lo consintió, y a partir de entonces, se forjó una amistad no sólo imperecedera, sino con mayúsculas.

Rodríguez Araujo, como es conocido por todo mundo, gozaba de fama pública como polemista ácido y eficaz desde su época de alumno de la entonces Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales, cuando allí existían partidos políticos estudiantiles y el debate público sobre una gran variedad de temas. Yo lo conocí en el salón 1, cuando, con Manuel Márquez Fuentes, otro entrañable amigo mutuo, pulverizaron los argumentos de los militantes del Partido Auténtico Universitario. Octavio ya militaba en la izquierda de nuestra escuela, en el Partido Estudiantil Socialista. Me llamó la atención que él y Manuel vestían saco azul y pantalón gris, como otros muchos estudiantes de los años superiores, como si se tratara de un uniforme o representara, cromáticamente, un símbolo o un estilo político.

Octavio Rodríguez Araujo escogió a la política, y a la ciencia política, como vocación, como profesión... como pasión. Su tesis de licenciatura sobre el Partido Comunista, preparada con Manuel Márquez, no es sólo uno de los documentos emblemáticos de la calidad de ese tipo de trabajos en nuestra facultad, sino el principio de una fructífera labor investigativa que llevó a Octavio a ganar el Premio Universidad Nacional en el área de docencia en ciencias sociales, y a ser hoy en día investigador nacional nivel III. Ese trabajo es más todavía: es el principio de su biografía política como un activista no militante de la izquierda mexicana, y una pluma ácida y puntillosa capaz de desbaratar argumentos ajenos, y lidiar triunfante en foros de legos, de expertos o de representantes universitarios. Sólo una persona inquebrantable como Octavio es capaz de retar huracanes, oponerse a las totalidades, y defender incluso en su columna de La Jornada su derecho de consumir cigarrillos, contra viento y marea.

Octavio Rodríguez Araujo es un politólogo químicamente puro. Siempre ha dicho que la administración pública no le agrada y no se detiene en hacer énfasis sobre su dicho. Sin embargo, ha sido un administrador público dotado con mucha calidad. Jefaturó el Departamento de Administración Pública, el Centro de Investigaciones en Administración Pública y la División de Estudios de Posgrado, y condujo ejemplarmente al Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración Pública, donde los politólogos, por cierto, son minoría.

Su cuidadosa dirección de mi tesis de doctorado, sobre administración pública, ni más ni menos, me ayudó a consolidar la primera etapa de mi carrera académica y me brindó la oportunidad de ganar, con ella, el Premio Nacional de Administración Pública.

En realidad Rodríguez Araujo ha hecho mucho por la administración pública, debo subrayarlo, pues cuando ocupó los cargos mencionados no desmayó en su promoción por doquier. Fue la administración pública la que me permitió conocerlo, para desde entonces, gracias a su amistad, enseñanzas y afecto, ser no sólo su alumno, sino su discípulo.

Octavio Rodríguez Araujo, Manuel Márquez, Raúl Olmedo, Antonio Delhumeau y Manuel Villa, entre otros, forman parte, posible- mente, de la generación más destacada de nuestra facultad. Quienes fuimos alumnos de algunos de ellos pudimos aprovechar aquella época singular y relevante, en la cual los jóvenes egresados del plantel comenzaron a impartir cátedra, realizar investigación científica y llevar a cabo la difusión del saber, desde el ángulo de las primeras generaciones de politólogos, sociólogos y comunicólogos. La facultad comenzó a cambiar, de tal modo, que las disciplinas que le han dado vida poco a poco dejaron de ser enseñadas por los profesores pioneros, de profesión abogados o contadores, y a quienes mucho debemos, para ser profesadas en adelante por sus hijos.

El emeritazgo profesoral es el reconocimiento más prominente a que se hace acreedor el académico universitario, a quien luego de largos años de ejercicio de actividades en el aula, el cubículo y el audito- rio, la Universidad le patentiza su gratitud y su reconocimiento. No es, ni debe ser, una etapa de culminación, el umbral del retiro, ni el primer paso de la jubilación. Un Profesor Emérito, así, con mayúsculas, vive entonces su mejor época, la más fecunda y eminente, y debe la Universidad seguirlo honrando brindándole los medios para el ejercicio de sus tareas docentes y de investigación. Debe presentarlo ante todos los jóvenes como el ejemplo superior a emular, el camino a recorrer. El mejor homenaje para tan destacado universitario es pedirle, con respeto y afecto, que siga formando a los jóvenes que en breve ejercerán una profesión.

El doctor Octavio Rodríguez Araujo ha llegado al emeritazgo en su mejor momento académico. Para mí siempre ha sido mi maestro. Qué bueno que lo siga siendo por muchos años más, y también para las nuevas generaciones de la facultad.

Omar Guerrero Orozco


Referencia

Nuestros Eméritos. México D.F. Dirección General de Asuntos del Personal Académico, UNAM, 2007, p.p. 395-398.