Álvaro Matute Aguirre

Instituto de Investigaciones Históricas

La vida de Álvaro Matute ha estado íntimamente ligada a la Universidad desde que su in- corporación al plantel número cinco de la Escuela Nacional Preparatoria, la prepa de Coapa, en 1961, significó quedar inventariado como uno de los bienes de la Institución. En el tiempo transcurrido desde entonces hasta el 5 de marzo de 2004, fecha en que el Consejo Universitario le reconoció como investigador emérito, todos los pasos de su brillante carrera han dejado huella en los espacios por los que ha pasado. Quizás fueron las experiencias del bachillerato, particularmente la de teatro en Coapa, en- cabezada por el entonces joven y siempre temperamental Héctor Azar y las lecciones recibidas de parte de la destacada maestra Margo Glantz, las que imprimieron en su vocación de historiador un sello especial.

 En el primer caso, su pasión por la cátedra, venciendo cualquier resabio de timidez, le hizo dedicar desde su iniciación como profesor en las aulas de la Preparatoria número 4, turno nocturno, y en los salones de un colegio particular “de señoritas”, su mayor devoción a ese quehacer que sin duda como en el teatro, le obliga a dar lo mejor de sí cada vez que está en el escenario. En el segundo, el gusto por la literatura aunado a las inquietudes sembradas por las clases de filosofía permitieron la fragua de su mirada peculiar hacia la historia, educada en sus años adolescentes por la prédica siempre envolvente del maestro.

Eduardo Blanquel. Sin embargo, en las raíces de la inclinación por los estudios del pasado, él mismo ha reconocido una determinante mayor: la de la convivencia en los primeros años de la infancia con el abuelo Aguirre, el general revolucionario que le dedicó sus últimos años y que le permitió vivir rodeado de objetos y de recuerdos enmarcados en sucesos relevantes para la historia del país.

Lo que Álvaro Matute fue aprendiendo a construir con estos y otros elementos del bagaje que lo constituye, ha sido perceptible para cualquiera que tenga oportunidad de presenciar de cerca su manera de entregar todo lo que la curiosidad del historiador y la inteligencia reflexiva es capaz de convertir en discurso. Quienes tuvimos la fortuna de atestiguar sus primeros cursos de historiografía de México en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras, en los inicios de los años de la década de 1960, reconocimos de inmediato la seriedad, la responsabilidad y también la bonhomía del, por aquel momento, joven profesor que daba muestras elocuentes de su saber, a la vez que gene- raba confianza en los que nada habíamos aprendido, por su capacidad de reconocer límites en el conocimiento para invitar a rebasarlos. Dispuesto a descubrir sus cartas, pronto a distinguir con admiración a sus maestros, sabía desde entonces alentar vocaciones y respetar las decisiones propias de quienes pedían sus consejos o el visto bueno de las primeras armas.

Sin embargo, junto a la dedicación que a partir de aquellos años y hasta el día de hoy le ha hecho cosechar un número indeterminado y creciente de alumnos y discípulos, estaba la que habría de construirle un sitio especial en el ámbito de la investigación. Si en la vocación de maestro Matute ha sabido compartir su pasión por la historia de la historia, por la filosofía de la historia, tanto como ha logrado instaurar espacios de búsqueda para quienes se inquietan por los aspectos teóricos de la disciplina histórica, en la vocación que da pábulo a la indagación que se convierte en obra, la suya ha sido una fructífera suma de tareas cumplidas y por cumplir.

Un timbre que distingue sus aportaciones es el de colocar en bandeja de plata los elementos que pueden hacer propicio el conocimiento, el entendimiento, la reflexión y la tradición. Esto es lo que deja ver el propósito que anima a cuatro de sus más importantes antologías: México en el siglo XIX. Antología de fuentes e interpretaciones históricas, 1972; La teoría de la historia en México (1940-1973), 1974; Pensamiento historiográfico mexicano I. La desintegración del positivismo, (1911-1935), 1990 y El historicismo en México. Historia y antología, 2002. Otro más de sus personales modos de entender la misión del historiador es el de acercar a los lectores con la buena pluma, presente en cada una de las piezas que escribe, a los diversos planos que ya por intereses personales, ya por encomiendas profesionales, ha explorado dentro de los campos de la historia y de la historiografía.

Su primera elección, la de demostrar el vínculo entre el pensamiento del gran filósofo autor de la Scienza Nuova y la obra de un italiano célebre de visita en Nueva España, pronto pasó de la versión de tesis de licenciatura a la de libro: Lorenzo Boturini y el pensamiento histórico de Vico, 1976, publicado por el Instituto de Investigaciones Históricas, su casa desde 1970, y el espacio que lo ha respaldado desde los años en que se sumó a su planta académica como becario prime- ro y luego como investigador, y que lo ha acogido de regreso tras el desempeño de comisiones en otros sitios de la Universidad o fuera de ella, como fueran su encargo de dirigir el Centro de Enseñanza para Extranjeros, de 1980 a 1984, su estancia como profesor visitante en la Universidad de Oxford, o su labor como agregado cultural de México en Italia, durante su año sabático de 1987-1988. Dos oportunidades que se presentaron en la primera etapa de su vida profesional fueron bien aprovechadas para dar prueba de su calidad como historiador y divulgador del saber histórico, una, la que lo dio a conocer como estudioso de la revolución mexicana al hacerse cargo del noveno tomo de la Historia de México publicada por la editorial Salvat en la década de 1970, y otra, la que le hizo dar a la imprenta dos trabajos de excelente factura acerca de Las dificultades del nuevo Estado y de La carrera del caudillo, dentro de la obra que en varios volúmenes daba cuenta de la revolución mexicana y los años que siguieron a ésta, ideada por Daniel Cosío Villegas para prolongar su comprensión de la historia moderna de México. Los dos tomos entregados por Matute, fruto de una acuciosa e inteligente pesquisa, no sólo fueron reconocidos por su aportación fina a las complejas tramas de la historia política del país de 1917 a 1920, sino que le valieron la obtención de los grados de maestro y doctor en historia, con las menciones honoríficas correspondientes y aún la premiación de una de ellas. A más de eso, buena parte de su contenido fue difundido por Radio Universidad, conquistando así un público de escuchas que precedió al de sus lectores. La aureola de especialista en la revolución mexicana ganada por éstas y otras múltiples narraciones de episodios concretos y de aspectos varios de esa grande y fecunda revuelta que fue, ha generado en el medio académico y en el público en general expectativas que indican, a las claras, las posibilidades que tiene de hacer inteligible y sugerente el conocimiento de aquello que se propone comunicar. De modo que son incontables los foros en los que se ha presentado para disertar, discutir, opinar y juzgar acerca de personajes individuales y colectivos, acontecimientos, situaciones, interpretaciones, etcétera, provenientes de la historia de aquellos años, que él ha sabido distinguir y relacionar. Una muestra de ello aparece en la recuperación de algunos de sus textos, entre los que se subraya, por su impacto, un célebre artículo sobre El Ateneo de México, en una obra editada por el Instituto de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, en su primera edición en 1993, y después por la Editorial Océano, que lleva por título precisamente: La revolución mexicana. Actores, escenarios y acciones. (Vida cultural y política, 1901- 1929), 2002. La inversión a largo plazo del constitucionalista que fuera el general Amado Aguirre y Santiago, se hace patente en ésta y otras muchas pruebas de los saberes de Álvaro Matute en torno a las características de esa importante etapa. Es difícil imaginar una versión más acabada de las distintas tareas que abarca un historiador en plenitud. Álvaro Matute ha conocido el placer de descubrir un documento, de corregir una versión distorsionada, de compilar textos valiosos, de interpretar uno o varios acontecimientos y de proponer con elocuencia la búsqueda del sentido de la historia; la realización de estos quehaceres, según el caso, permiten aquilatar la destreza de su pluma, la agudeza de su mirada y la profundidad de su palabra. No en vano, entre la selección que con frecuencia hace de sus modelos y maestros ha rendido homenaje a José Vasconcelos, a Pedro Henríquez Ureña, a don Alfonso Reyes, como lo ha hecho a José Gaos, a Ramón Iglesia y a Edmundo O’Gorman. Sus trabajos en curso, además de indicar que no hay descanso en su voluntad por enriquecer con noticias y derroteros todo lo que pueda inquietar la conciencia de los historiadores y del público atento de la historia, son constancia de una estructura firme, que da continuidad a su estilo de ser historiador y que se manifiesta mejorada por los años, como los buenos vinos. Entre ellos sigue estando presente su intención de dejar hablar a otros, de sintetizar en los mejores términos el saber y de precisar los datos que pueden nutrir los asuntos de su mayor interés.

La expresión que ha logrado con su obra es a su vez motivo de reconocimiento para quienes cerca de él han aprendido a relacionarse con la historia. A la cabeza de sus grupos en la licenciatura o el posgrado, en su Universidad y en otras varias del país y del extranjero, y en calidad de responsable de proyectos, ha transmitido de manera permanente, con la paciencia y calidez que le son propios, el altísimo valor que supone hacerse cargo de la tarea diaria para conseguir en el momento en el que sea preciso, dejar un testimonio con palabras.

Evelia Trejo Estrada


Referencia

Nuestros Eméritos. México D.F. Dirección General de Asuntos del Personal Académico, UNAM, 2007, p.p. 383-387.

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