Barbarín Arreguín Lozano

Instituto de Química

A sus 90 años de edad, el doctor Barbarín Arreguín es un universitario jovial, siempre de buen humor, que acude puntualmente todos los días a trabajar en el laboratorio de bioquímica del Instituto de Química de la Universidad Nacional Autónoma de México: “Hay que reírse siempre que se pueda —comenta—, porque la risa es un buen ingrediente para vivir”.

Muchos son los méritos académicos del doctor Arreguín, con medio siglo de vida dedicado a la docencia y la investigación, que en septiembre de 2007 se ampliaron aún más con el reconocimiento de Investigador Emérito aprobado por el Consejo Universitario, “sin ningún voto en contra y ninguna abstención”. Y desde luego, no menos importantes son los méritos humanos de este investigador nacido en Silao, Guanajuato en 1917, que se expresan todos los días en un estilo de vida sencillo y comprometido con su familia, sus colegas y sus alumnos.

“Pues yo estoy muy tranquilo —explica el doctor Arreguín—. Estoy feliz de venir todos los días, no me podía quedar en mi casa. No sé que voy a hacer cuando me jubile. Acabo de cumplir 90 años: mi mente me funciona bien y considero que la experiencia es un bagaje importante para transmitirlo. En la comida de mi emeritazgo, mis nietos (tengo 12) hicieron un DVD donde pusieron fotos mías desde niño, ambientado con música de José Alfredo Jiménez, que es guanajuatense como yo. En mi cartera siempre he traído la letra de La canción mixteca, especialmente durante la II Guerra Mundial cuando hice mi doctorado. Y grabaron esa canción en el DVD. A la hora que terminó la comida, que fue en la Unidad de Seminarios Ignacio Chávez, en el Vivero Alto de la UNAM que es muy hermoso, dijeron bueno «ahora por favor pasen al auditorio»: sorpresa, tras sorpresa, «Bueno ¿pues de qué se trata?» me preguntaba. Como estaba lloviendo los invitados no se retiraron y todos entramos a ver la proyección: Eso fue algo que me dejó muy impactado”.

Existen diversas publicaciones donde se recoge la trayectoria y obra de Barbarín Arreguín que son ampliamente conocidas por la comunidad científica nacional y que si se resumieran en un breve compendio de datos duros incluirían los siguientes: más de 2 mil alumnos han atendido sus cursos en la Facultad de Ciencias de la UNAM; su obra se ha publicado en 55 publicaciones entre revistas internacionales, revistas nacionales y capítulos en libros, con más de 600 citas en la literatura internacional...

Pero sobre todo, la aportación del doctor Arreguín es la de un fundador, tal y como lo señalaron sus colegas académicos al respaldar la propuesta de la candidatura del investigador al Emeritazgo, donde se refieren a él como a un pionero, investigador incansable en la búsqueda del conocimiento, profesor que no sólo educa en clase sino con el ejemplo, hombre que lucha por crear y fortalecer instituciones, destacado científico, hombre sencillo, de trato amable y cálido, hombre alegre y agradecido a su Instituto, a su universidad y a su país. “Hace 10 años —recuerda el doctor Arreguín— teníamos un solo laboratorio. Ahora tenemos cinco laboratorios y todo un piso para bioquímica. Finalmente se consolidó nuestro esfuerzo y hay ahora 12 doctores y muchos alumnos, sobre todo de posgrado. Contamos con una infraestructura bastante buena: nos hemos actualizado, todo ha cambiado y hacemos una buena labor, enseñando a los jóvenes a trabajar. Un ejemplo de ello es del un joven que hace unos cuatro años, vino a decirme que quería hacer una carrera y ser investigador. Le sugerí que considerara la licenciatura de investigación biomédica básica. Ahí empiezan a hacer investigación desde que entran. Eso fue muy interesante para este joven, que ya había ganado el primer lugar en la Olimpiada de Biología, pues traía ya un gran interés por continuar sus estudios, y se fue el último año a Estados Unidos hacer una estancia de dos meses a Stanford: ahí lo probaron y le dijeron «Cuando termines vente aquí a esta universidad: te aceptamos». Metió sus papeles y también lo aceptaron en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). En Stanford estaba todo listo para su ingreso, pero los de Harvard tampoco querían perderlo: hizo dos viajes a Harvard y al final decidió quedarse en Stanford. Y ya terminó el primer año con muy altas calificaciones. Eso me llena de satisfacción: que un joven supere al maestro”.

Fue en plena Segunda Guerra Mundial cuando el doctor Arreguín hizo sus estudios de doctorado, en el prestigioso California Institute of Technology, mejor conocido como Caltech bajo la tutela del doctor James Bonner quien enseñó al investigador mexicano en ciernes los secretos de la bioquímica vegetal.

Al obtener su título de doctor, el 25 de junio de 1946, el doctor Arreguín regresó a México para enfrentarse con la cerrazón empresarial y la frustración (quien le hizo la entrevista de trabajo en una fábrica de papel le dijo que en la empresa no se aceptan doctores en filosofía y que ahí no había ningún metabolismo que estudiar), pero también para encontrar el amor: durante su infructuosa búsqueda de empleo conoció a quien ha sido su esposa desde hace 59 años.

Decepcionado por las actitudes que encontró en su país, en una época en que los doctores eran una figura extraña, el doctor Arreguín regresó a Caltech en enero de 1947 a ocupar el puesto de research fellow con el apoyo del doctor Bonner.

A finales de 1950 retorna una vez más al país y se incorpora a la empresa Syntex, pero extraña la libertad de la investigación académica y en 1954 se integra al Instituto de Química de la UNAM en la por entonces recientemente inaugurada Ciudad Universitaria.

En la historia de la investigación científica en México, el doctor Barbarín Arreguín Lozano es el primer doctor en bioquímica con grado obtenido en una institución extranjera.

“Mi función como investigador ha sido siempre lo que más me ha llenado en mi vida —apunta el doctor Arreguín—, yo encontré realmente la ruta exacta para mi trabajo. La UNAM ha sido mi casa, donde he pasado un tercio de mi vida, que me permite hacer lo que me gusta y escoger los temas de trabajo. Y llenar un hueco tan importante como fue cuando llegué a este país a reintegrarme después de 4 años de posdoc en Estados Unidos: me acogió con cariño y con la voluntad para que yo me desarrollase de la mejor forma. El haber llegado a obtener el reconocimiento de Investigador Emérito me llena de satisfacción, sobre todo si proviene de la universidad que es mi alma mater y que después de muchos años ha tenido a bien otorgarme tan honrosa distinción. Y lo considero no sólo como un premio a mi largo y continuado trabajo aquí en la UNAM, sino como un reconocimiento al desarrollo de la docencia. Para mí, ser Investigador Emérito es una figura vigente y vital, puesto que no me he jubilado todavía. No sé hacer otra cosa más que contribuir y transmitir mis conocimientos a las nuevas generaciones, a los jóvenes”.



Referencia

http://www.100.unam.mx/images/stories/universitarios/dhc/PDF/arreguin-lozano-barbarin.pdf.

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